RELATO DE ALUMNA

MI  INGRESO

1. LLEGO AL HOSPITAL

Cuando me dijeron que tenía que ingresar en el hospital me paralicé. ¿Yo? ¿Por qué? Yo sabía que estaba mala, pero no pensaba que fuera para tanto... Mamá había ido a hablar con el médico y éste le había dicho que me convenía un ingreso. Qué mal rollo, ahora tendría que pasar una época como aquella (mala, sin fueras para hacer nada) en un hospital. Vaya encerrona.
Me sentó mal, pero no quise pensarlo demasiado así que me limité a hacer el bolso con el pijama, el neceser...lo que yo suponía "necesario" para un hospital.
Subí al coche con Papá, puse la música... y me puse en camino a lo que sería mi destino durante, como mucho, la siguiente semana (o eso creía yo).
Bueno, llegué al hospital y la verdad es que el panorama no era muy alentador: médicos con bata, niños que berreaban y madres que acababan de serlo... nada que no se pudiera esperar de un hospital. Estuvimos esperando unos minutos (para mí interminables) delante de la puerta de aquella consulta de la que no dejaban de salir niños y más niños; a cada cual con peor cara. Por fin, nos llamaron. Me llevé una ¿grata? sorpresa; el médico que me iba a ver allí era mi médico de toda la vida pero, la verdad, eso no me tranquilizó mucho. Después me hicieron una entrevista para ver qué me pasaba, mis hábitos y cómo podían ayudarme; esa entrevista me resultó bastante incómoda. Cuando terminé me llevaron a mi habitación: estaba pintada de un azul desvaído, cosa que acentuaba aún más la sensación de depresión.
A Papá se le veía preocupado, estuvo todo el día conmigo hasta que llegó Mamá pero los echaron a los dos por la noche. Yo dije que no pasaba nada, que estaba bien, pero la verdad es que ESTABA ASUSTADA.
Y entonces me quedé solita. Fue una de las peores noches de mi vida: dormí incómoda (no estaba en mi camita con mi mantita de pelo), con frío, sin música relajante y para colmo me desvelé, cosa que no me pasaba desde hacía diez años (algo iba mal); pero no quise pensar demasiado en nada. Ya vería al día siguiente de que iba aquello.

2. Y TODO EMPEORÓ

La cosa iba peor de lo que me esperaba: me despertaban temprano, me daban de comer comida hecha hacía por lo menos dos días (o sea, de hospital), me hacían duchar con prisas para ir a clase y para colmo... ¡Tenía que ir al psicólogo! Yo no es que estuviera en contra de hablar con nadie ni nada por el estilo, pero nunca pensé que a mí me fuera a hacer falta, la verdad. Fui a hablar con ella (porque era ELLA) y me comentó cómo iba a ir más o menos el ingreso, cosa que no me hizo ni pizca de gracia; ya que tenía unas condiciones bastante "chungas", por decirlo de alguna manera: mis padres iban a tener que cumplir unas horas determinadas de visita (¡JA! ¡MIS PROPIOS PADRES!), iba a tener que hacer mucho caso a todos los auxiliares y enfermeros (jopetas ¡yo soy un espíritu libre!) e iban a tener que llevar un control estricto sobre TODO lo que hiciera dentro del hospital (baño, comida, visitas, ratos libres...). Después de hablar de todo eso, me quedé echa polvo y sin ganas de hacer nada ni de ver a nadie.
Pero aquello no mejoró en los días sucesivos. Cada día me deprimía más y me metía más en la rutina del hospital (visitas deprimentes al psicólogo incluidas). No tenía ganas de hacer nada por recuperarme, ni por hacer caso a la psicóloga ni a los enfermeros... cada día me llevaba peor con mis padres, las visitas eran muy pesadas porque, aparte, me faltaban las fuerzas para hablar. Cada día me deterioraba más y mis padres estaban muy preocupados pero la que estaba allí encerrada era yo). Simplemente dormía y dormía, porque no quería pensar más en la presión de tenerme que poner bien, el estrés de que me estuvieran vigilando permanentemente, la lejanía de mis padres, la ausencia de las jugarretas de mi hermano, y sobre todo, la falta de vida normal.

Y a raíz de todo ese empeoramiento... LLEGÓ EL MIEDO.

3. EL MIEDO

Miedo... todos tenemos miedo. Alguna vez, no importa cómo lo expreses ni cómo llega, sólo importa que lo sentimos. Pueden ser miedos banales, las típicas fobias a los insectos, los rayos, los perros… pueden causar risa o incluso burlas; pero para el que las sufre son tan serias como la Teoría de la Relatividad. Más allá está lo que conocemos como "miedos de verdad", que son aquellos a los que la mayoría de las personas respondemos con seriedad: LA MUERTE, EL FRACASO, LA SOLEDAD...
Pero el mío no es así. Tengo miedo a que me cuestionen el tema de la comida el resto de mi vida por esta "ÉPOCA OSCURA" que estoy pasando en el hospital. Miedo a que cuando salga de aquí mi relación con mis padres, mis amigos, etc. haya cambiado tanto que ya no haya nada que salvar y a que todo el mundo me trate de manera diferente. Miedo a que cuando me vaya de aquí no pueda volver a llevar mi vida anterior (para mí, perfecta) con mis salidas con la pandilla, mis acampadas con los scouts, el surf con mi hermanito... sé que echaría demasiado de menos todo eso como para poder soportarlo. Miedo a que mi madre me mire con otros ojos. Miedo a que mi hermano se haya acostumbrado a estar sin mí y ya ni siquiera me eche de menos. Y, sobre todo, miedo a tener que volver a pasar por todo esto, y tener que volver a experimentar rodas estas sensaciones que para mí resultan tan desagradables: reconocer que yo también me pongo triste, llorar una media de cuatro veces por día y sobre todo mi mieditis aguda a tener que hablar con el psicólogo (sí, ese ser frío que lo único que hace es pre¬guntarte cosas, escucharte, poner caras raras y apuntar en su libretita todo lo que quiere recordar para después recordártelo a ti cuando ni siquiera tú sabías que lo apuntaba), creo que me molesta tanto por tener que dejar a mi alma desnuda cada vez que hablábamos.

TODO IBA A SER DIFERENTE ENTONCES...

4. LA LUZ

Pero después de pasar todo esto, de comerme la cabeza intentando escapar por otro sitio, me di cuenta de que la única vía de escape era una: hacer caso a los médicos. Y YO, ninguna otra persona sino yo, me debía ayudar a salir de allí de una vez por todas.
Así que me puse manos a la obra y empecé a intentar hacerlo todo (absolutamente todo) bien. Y si no podía un día, pues al día siguiente lo volvía a intentar, pero ya no me castigaba a mi mis¬ma por no conseguirlo. Y así empecé a notar la mejoría, y todo el mundo la notó conmigo: me decía que tenía mejor aspecto, que estaba más despierta, de mejor humor y, por encima de todo, era más parecida a como era yo, no como la niña oscura que había estado tan mal. Y eso me hizo sentir mucho mejor.
Y así: un día tras otro, una mejoría tras otra... y llegaron los permisos. ¡No me lo podía creer! ¡Me podía ir a casa todo el fin de semana! ¡Me daría el aire! Pero... ¿cómo estarían las cosas en casa? Decidí no pensar mucho en ello, no quería estropearme "las vacaciones". Pero las cosas no fueron como yo esperaba; ¡FUERON MUCHO MEJOR! Probé comida de mi padre (que ya no la cambia por nada del mundo), vi a mis amigos, salí a pasear, a ver los caballos (que me relaja un montón) y a contemplar el mar... ya casi me había olvidado de cómo era: simplemente etéreo y maravilloso. Cuando tuve que volver al hospital no me importó, porque aquellos días me había dado razones por las que seguir recuperándome y fuerzas para ello. Y todo fue a mejor... hasta hoy, que todo sigue genial.
Hoy sigo en el hospital, pero ya no me queda mucho tiempo aquí. Sé que estoy mejor y que todo va a ir bien fuera. Ya no encuentro razones para estar triste. Ya no estoy insegura porque, como dicen mis amigos: "UN MUNDO SIN TI NO ES LO MISMO".

Pero, por encima de todo... YA NO TENGO MIEDO
Palma Iglesias Gavilán

Aula Hospitalaria del Hospital Materno Infantil de Las Palmas de Gran Canaria

Ganadora en la categoría B del II Certamen Nacional de Relatos "En mi verso soy libre" Organizado por la Consejería de Educación de la Región de Murcia dirigido al alumnado de Aulas Hospitalarias de nuestro país.

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