Soy yo, ``el Cardo´´
Sheinda es una adolescente de quince años, delgada, morena y con gran adicción por los libros de aventuras y misterios donde resolver jeroglíficos es su gran pasión.
Todas las noches antes de acostarse buscaba en su escritorio un buen libro que pedía en la biblioteca del Instituto. Todo para satisfacer sus ansias de aventura.
Una mañana, como de costumbre, el olor a café y a pan tostado la hizo saltar de la cama. Se miró al espejo y se puso unos vaqueros ajustados, se lavó la cara y se peinó a toda prisa. Al bajar las escaleras oyó un ruido de llaves y pensó que sería su madre pues no le dio ni tiempo a despedirse. Pero el que entraba por la puerta de la calle era su padre Eusebio. Un señor corpulento, alto, moreno y con gran parecido a la raza gitana.
Eusebio trabajaba como mecánico en un taller de coches, pero esa mañana tenía un aspecto descolorido y de estar enfermo. Sheinda se asustó y le preguntó si estaba bien, él negó con la cabeza y se adentró en la cocina. Allí se encontraba Begoña poniendo la mesa. Ella es la madre de Sheinda, un ama de casa muy trabajadora y segura de sí misma; alta, delgada y con la tez de su piel blanca.
Eusebio fue el primero en hablar, comentó que le habían despedido por una crisis que atravesaba la empresa en estos momentos y que tenía que recoger la indemnización dentro de unos días. En ese momento estuvieron los tres callados hasta que Sheinda por fin habló y dijo que encontrarían una solución, pero ella no sabía que lo peor estaba por venir.
El padre al oír a su hija no tuvo más remedio que decirle que además no podían hacer frente a la hipoteca de la casa y que los bancos los echarían de allí en poco tiempo si no encontraban trabajo pronto.
La madre que estaba oyendo lo que decía su marido se quedó blanca y cogió el teléfono para llamar a su hermana Filtricia. Ésta era viuda desde hacía diez años. Quería pedirle que si se podían quedar un tiempo en su casa por las condiciones en las que se encontraban hasta que Eusebio buscara trabajo y pudieran seguir manteniendo su casa.
Filtricia no era la misma mujer que hacía unos cuantos años desde que murió su marido Eustaquio, ahora era más bien muy cascarrabias y amargada pero ella aceptó que se quedaran un tiempo en su casa viviendo a cambio de que ella y la hija le hicieran las tareas de la casa. Begoña no tuvo más remedio que aceptar si quería mantener a su hija pero le dijo a su hermana que la niña no tenía porqué trabajar y que ella haría toda la parte de las tareas de Sheinda. Filtricia aceptó y en pocos días ya estaban viviendo en casa de la tía.
Filtricia tenía una casa terrera, con un valle enfrente y rodeada de barrancos y montañas. Sheinda al llegar a su cuarto que estaba situado en la parte baja, como un sótano con una pequeña ventana que daba al exterior. Ella se moría de rabia por momentos, esté cuarto no tenía nada que ver con la habitación de su casa. Soltó las maletas y campeó por su nuevo hogar, si se podía llamar así.
Al salir al pequeño pasillo se encontró con una puerta de hierro y giró la manecilla, frente a ella una ladera y un gran barranco de vista. Miró a la derecha y se sorprendió al ver un cardo enorme ya florecido que intentaba sobrevivir pegado a la pared de la casa. En ese momento su madre la llamó, ella cerró la puerta y respondió a su madre para preparar la cena.
Se sentaron todos en la mesa menos Sheinda que era a la que le tocaba servir la comida. Filtricia que era muy exigente intentó hacer de ella una camarera. Primero la sopa de gallina, de segundo el lomo al ajillo y de postre arroz con leche y canela pero con tan mala pata que cuando fue a servirle el cuenco a la tía se le cayó encima de la falda. La tía muy enfadada la llamaba ¡irresponsable!, ¡despistada! e ¡inútil! Begoña salió al paso de su hermana intentando calmarla de su enfado. Sheinda se contenía para no echar más leña al fuego Y salió del comedor escaleras abajo.
Allí quedaron discusiones y reproches. Las lágrimas rodaban por la mejilla de la niña por lo ocurrido anteriormente y decidió salir al aire fresco por la puerta que había visto antes.
La noche era clara y estrellada, llevaba poco tiempo allí cuando notó que el cardo se movía pero ella creía que era cosa de su imaginación y enfado, pero no era así, una flor grande de color lila se abrió de repente y una pequeña boca de espinas le habló. Ella se quedó impresionada mientras la planta le saludaba pidiéndole un poco de agua. Sheinda se compadeció y le trajo un cubo con agua. En cuanto terminó de regarla, ella le pregunta tartamudeando que cómo era posible que hablara, el cardo comprendió el interés de la niña y le dijo que no era una planta normal, era único en su especie y estaba triste por estar siempre solo.
A la noche siguiente hizo lo mismo y el cardo volvió a hablar. El cardo estaba muy agradecido por el detalle que tuvo de traerle agua y regarle. Le dijo que si plantaba una de sus semillas saldría otra planta que también hablaría. Le dio una y le aconsejó que se la regalara algún amigo de su instituto. Sheinda como no tenía nada que perder así lo hizo. Se lo dio a Aurelio y le comentó que la planta en cuanto creciera podría hablar.
A los pocos días ese niño apareció con una multitud de amigos pidiéndole más semillas a Sheinda y ella se las dio. Pensó por un momento que podía hacer un negocio con esas semillas y repartió más a cambio de algunas monedas. Los niños tan contentos se fueron a casa.
A la semana siguiente aparecieron padres de otros chicos pidiéndoles semillas, entonces ella dijo que las tenía que vender por un billete para que su familia saliera del aprieto en que se encontraban y aceptaron.
En cuanto Sheinda llegó a casa le enseñó a su padre el dinero que había conseguido. El padre que era muy vivo convenció a la niña para trabajar él ese negocio. Todo enorgullecido abrazo a su hija y corriendo fue a contárselo a Begoña. Se abrazaron saltando de alegría.
Los tres se esforzaron en hacer un pequeño invernadero que el cardo le había aconsejado.
Por fin el cardo ya no se volvería a encontrar tan solo y la familia de Sheinda pudo seguir adelante con su nuevo negocio.
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